TURON (Asturias)

TURON: Lo extraño del caso, era que no había pestes de cuantía...

Lo extraño del caso, era que no había pestes de cuantía mayor, pero sí enfemedades de condición pasajera, que no tenían justificación en aquel estado de cosas, ya que la mucha densidad de población, ninguna particularidad tenía aquel percance. Yo procuraba apartarme de estos lugares y, por tal causa, cambíe lo antes posible de hospedaje, cosa difícil, si era para ganar en higiene y comodidad.
La Casa del Pueblo, sede de las organizaciones obreras, del Sindicato Minero Asturiano y del partido socialista, contaba los mismos males y era difícil aguantar allí, en charlas con los compañeros, un tiempo superior al extrictamente necesario.
El río que pasaba por sus inmediaciones, en las épocas de estiaje olía a vomito de borrachera, por la enorme cantidad de jabones disueltos en su corriente, amén de los sudores de las ropas de los mineros, casi siempre empapadas. Esta profesión, lectores amigos, no admite cartón ni trampa. En enorme desgaste de energía, origina, en las profesiones más hostigadas por la dureza del trabajo, una sed insaciable. El “Sambenito” de que los mineros son bebedores, tiene en este caso una justificación ponderable.
No había llegado yo de una arcadia feliz, pero mi concejo aguantaba sin menoscabo su población flotante porque contábamos más agua y mucho más espacio.
Por lo de más, todo el valle minero respiraba un ambiente de abundancia en el orden monetario. El cine un edificio de tabla sin cantear, tenía una demanda de localidades superior al doble de su capacidad. Intentar sacar asientos poco antes de la exhibición de las películas, era mezclarse en una grenguería vergonzosa, donde los apelotonamientos y forcejeos, eran cosa frecuente. Las tabernas y bares de mayor cuantía resultaban otra sesión cinematografica, después de las siete de la tarde.
Los ingresos de un 20 por 100 de la población, eran superiores a los gastos normales de una familia en unos 60 duros al mes. El otro 20 por 100 contaba ingresos superiores a los que señalo. El 60 por 100 restante, ganaba para defenderse sin grandes apuros, porque todos los artículos de primera necesidad y de necesidades complementarias, tenían un precio asequible al jornal medio de 15 pesetas, contratistas incluidos.
Las fiestas anuales denominadas Santo Cristo de la Paz, contaban con la duración y el rumbo de capital de provincia y se gastaban en ellas miles de duros, pagados por las empresas mineras y el comercio.