La convirtió en sede episcopal, la fortificó y dotó de
palacios,
iglesias y otras estructuras. La
muralla que protegía la ciudad, de la que hoy apenas quedan partes visibles en varios emplazamientos, delimitaba una figura circular adaptada a la colina, ocupando un área de 11 ha que cobijaba a unas 6000 personas distribuidas en tres
barrios relativamente diferenciados: La Villa, que agrupaba los
edificios más antiguos religiosos y civiles; Cimadevilla, mercantil y vinculada a las peregrinaciones; y Socastiello.