OVIEDO (Asturias)

En el Parque
Foto enviada por Tili

NATALIA SÁNCHEZ «No pasé hambre de niño, pero me privé de comer en 1945 porque no hubo cosecha», recuerda Eusebio Merino, de 92 años y natural de Villalobos, mientras que Lesmes Vicente, de 86 años y nacido en Montamarta, menciona que en los años 40 y 50 «fue una época en la que hubo que apretarse el cinturón», en donde imperó el racionamiento de alimentos, la falta de agua corriente y alumbrado, la carencia de asfalto en las vías de comunicación...
Fe Hernández, de 89 años que ha vivido toda su vida en San Lázaro hasta que se trasladó a la residencia de Los Tres Árboles era la penúltima de cinco hermanos que salieron adelante «gracias a que mi padre se pasaba todo el día trabajando». Confiesa que, pese a la escasez, tuvo de comer porque su padre «labraba también una pequeña huerta» y su madre «conocía a un señor que nos facilitaba bollos cuando racionaron el pan» y de casada, cuando vivió en Camarzana de Tera, «conseguía legumbres y se las mandaba a mis padres y ellos nos enviaban sardinas». Algo similar vivió Lesmes Vicente quien recuerda que no carecieron de pan «porque un señor del pueblo de mi madre nos traída dos panes a la semana de Carbajales», ¿era caro?, es interpelado, «Bueno..., comíamos», señala al tiempo que por detrás su esposa, Fermina Silva, afirma: «Sí, mucha gente se aprovechó». «Fue una práctica que aumentó con el hambre del 45, no quedaba más remedio», señala Eusebio Merino nacido el año de la Gran Gripe, mal que casi le cuesta la vida a su madre, quien posteriormente tuvo que pasar un año en un sanatorio por un accidente, lo que diezmó la economía familiar. «Mi abuela la intentó favorecer en el reparto de la herencia». La ausencia de un servicio universal sanitario la menta Fe Hernández que perdió a su primer hijo en 1941. «Cuando me puse de parto no encontré a la profesora que me tenía que auxiliar y vino una aprendiz. Parecía que el niño estaba muerto y de inmediato llamaron al médico que metió al niño en agua caliente y fría, pero murió». También perdió a su segundo hijo, una niña, al mes y medio del alumbramiento. «Si hubiera habido hospitales como los de ahora quizá no hubieran fallecido», lamenta.
Adelina Domínguez, nacida en 1928, rememora «malos momentos», pues «me tocaba ir a segar antes del alba con mi abuela cuando tenía 10 años» y «sí, pasé hambre. Comíamos las patatas que antes poníamos a los animales». La situación cambió cuando fue a vivir con sus padres a Bretó. «Vivíamos en una casa alquila de una sola habitación toda la familia», mientras que Fermina trae a la memoria que «dormíamos de tres en tres». Tras recibir «una educación severa» en la escuela, con 14 años entró a servir en la capital. «Éramos seis y había que ayudar», confiesa, mientras que otros compañeros reconocen que también comenzaron a trabajar entre los 13 y los 14 años. La oriunda en Aspariegos menciona que en esta localidad «las diferencias sociales eran bárbaras», a lo que Antolín García añade: «quienes mandaban era el cura, el maestro y el alcalde».
Grandes diferencias apreció Lesmes Vicente en los pueblos de la provincia donde residió por su trabajo como Perilla de Castro o Sandín. Las imágenes de Sanabria-Carballeda todavía las tiene muy presentes: «era otra forma de vida». «Los animales estaban en la parte baja de la casa y el suelo del segunda planta tenía las tablas separadas por lo que te subía todo el olor de las vacas». «Las mujeres iban con pañuelos negros en la cabeza y cuando se mojaban la ropa se les quedaba tiesa por la suciedad», describe, a la par que las féminas reunidas en una sala de la residencia de Los Árboles aseguran que «no había la higiene que ahora, pero nos aseábamos como podíamos en palanganas o barreños con el agua que traíamos del algún pozo el río» al carecer de agua corriente. Se comía cocido y patatas «y como plato extraordinario berzas en Navidad», dice Lucio Vicente, de Fuentespreadas, donde «siempre hubo toros». El candil y el carburo alumbró las noches de estos octogenarios que recuerdan que cuando «te ponías en relaciones con una chica enseguida tenían en cuanta las lindes y si no les gustaba, hacían que la dejaras».
«Entonces los mayores eran pobre o vivían de limosnas o con uno de los hijos», apunta Antolín García que se dedicó a la agricultura «al regadío con la noria». «Estábamos tres meses sin pisar la casa y hasta me llegaron a llevar la muda con la comida porque por las distancias dormíamos en una tierra o en era».

«En 1945 negociamos con el patrón cobrar menos, pero seguir contratados»
«El campo era muy duro». «Los ahora no se aguantaría la dureza de las labores que realizábamos de entonces», enfatiza Eusebio Merino que estaba ajustado en el 1945 cuando no hubo cosecha. «Negociamos con el patrón que nos pagara menos, entonces eran cinco pesetas a la semana, pero seguir contratado, pues había que labrar la tierra, frente a otros muchos se quedaron sin trabajo y emigraron». El matrimonio, integrado por Lesmes y Fermina, emigró a Bilbao porque ella tenía una conocida «a la que le iba bien». «Fueron muchos los que se fueron», ratifica Antolín que cree que la televisión ha destruido mucho la unidad familiar. «En mi caso fui a hacer compañía una abuela cuando se quedó sola», dice Fermina que vino a Zamora por primera que cuando entró a servir mientras que los varones «al entrar en el servicio militar».

DETALLES
Comida
El cocido era el manjar que basaba las cocidas. Sopas de ajo y patatas ocupan un lugar predominante en la alimentación.
Ropa
El día de la boda se estrenaba traje. En los pueblos lucían nuevas galas el día de la fiesta de la localidad, mientras que en la capital el Domingo de Ramos y en Los Santos.