BLIMEA (Asturias)

BLIMEA: El hidalgo de Blimea aun seguía montado en cólera,...

El hidalgo de Blimea aun seguía montado en cólera, viendo peligrar su reputación y su patrimonio, que se veria aumentado con el pretendiente que había elegido para su hija, y amenazó a ésta de meterla en un convento a la espera de sus esponsales, advirtiéndola que ni se le ocurriese volver a mencionar al villano, aunque estuviese sóla.

Como la hija no daba su brazo a torcer y su mutismo y actitud eran desafiantes, el hidalgo de Blimea, mandola encerrar en un torreón hasta el dia señalado, y mandó recado al de Buelga, ratificándole su consentimiento y metiéndole prisa para la boda.

Pasaban los días, y en el castillo la agitación era grande, por los preparativos de la boda de Florinda y el señor de Buelga. Todo tenía que estar perfecto. Nadie reparaba en un apuesto joven que andaba por aquellos pasillos como alma en pena, mirada baja y dolor en su rostro. Llegado el gran día, el castillo relucia por el acontecimiento que se celebraría en unas horas, pero, a primera hora de la mañana, unos fuertes golpes sonaron en la puerta.

El señor de Blimea, seguido de su sequito, corrió a abrir la puerta, extrañado por los golpes tan fuertes, temiendo que algo hubiese sucedido en sus tierras.

Su sorpresa fue en aumento, al encontrar a un apuesto joven, servidor suyo, que con semblante emocionado y terriblemente apenado, sostenia un cuchillo manchado de completamente manchado de sangre. Ante las angustiosas preguntas del noble, contó, balbuceando y como pudo, que amaba y era amado desde la mas tierna infancia por una mujer, cuyo padre obligaba a casarse con otro, y, no pudiendo soportar esa pena, le pidió morir de su mano, ya que le era imposible casarse con otro que no fuese él. Y él, le dio muerte.

El noble, horrorizado, le pregunta el nombre de la desgraciada, aunque sintió en su corazón como el puñal de la cruda certeza lo cortaba en dos. No tenia dudas, y antes de que el mozo contestase, el hidalgo lo supo: era su hija.

El señor de Blimea suelta un alarido que se oye en todo el valle, esta próximo a volverse loco de pena y de furia, sus piernas no le sostienen, sus ojos desorbitados, el corazón roto en mil pedazos. Es sujetado por varios de sus hombres, presa de un dolor, una pena y una rabia tan grandes que es próximo a perder la razón. Pero en el fondo de su ser, sabe que él mismo tiene parte de la culpa de tan horrible fin de su hija. Algo le dice en su interior que no puede amarse a la fuerza, y que quizá este terrible suceso sea el castigo a esos momentos de locura, donde, perdiendo el buen sentido, enterró la felicidad de su pequeña en beneficio del poder y el “qué diran”. Cuenta la leyenda, que reponiéndose levemente, miró al labriego y le perdonó la vida. Su casa era señorio de misericordia, y no eso no cambiaría nunca.

El joven, llenándosele los ojos de lágrimas, agradeció la misericordia del noble, y confesándole que no podía vivir sin Florinda, blandió de nuevo el puñal, aun chorreando sangre de la doncella, y se lo hundió en el corazón, muriendo al instante, cayendo su cuerpo a los pies del Señor de Blimea, quien miraba impotente el resultado de su egoísmo.
Respuestas ya existentes para el anterior mensaje:
Gracias una vez mas por compartir con todos nosotros todas esas historias, amigo Geito, desde Porrera te deseo unas NAVIDADES FELICES, en compañia de toda tu familia, que la Paz y El amor, reinen en vuestras vidas, un abrazo.
Fernando............ Milana.