Querida montaña:
Te miro desde aquí, al pié de este hermoso almendro en flor, ¡cuanta belleza!, veo como tu robustez esconde las heridas de tus entrañas, pero tu belleza sobresale por encima de leguleyos canallas que te hirieron y por encima de leguleyos canallas, que, “leguleyamente” te defendieron.
Hoy la aflicción no es tan grande porque he aprendido a esconderla y dominarla, pero al tiempo vuelve a brotar, como siempre, eso es recurrente.
Hubiéramos deseado que te abrieras y te hubieses llevado contigo a este, tu pueblo, pero lo pienso porque eso no es posible. Eso sí, suena tan épico.
Garibaldi.
Te miro desde aquí, al pié de este hermoso almendro en flor, ¡cuanta belleza!, veo como tu robustez esconde las heridas de tus entrañas, pero tu belleza sobresale por encima de leguleyos canallas que te hirieron y por encima de leguleyos canallas, que, “leguleyamente” te defendieron.
Hoy la aflicción no es tan grande porque he aprendido a esconderla y dominarla, pero al tiempo vuelve a brotar, como siempre, eso es recurrente.
Hubiéramos deseado que te abrieras y te hubieses llevado contigo a este, tu pueblo, pero lo pienso porque eso no es posible. Eso sí, suena tan épico.
Garibaldi.