Aquello era la locura. El volteo de las campanas arreciaba por momentos. Los murciélagos volaban en espirales suicidas y se estrellaban en las paredes. Los gallos cantaron de madrugada, los gatos saltaron las tapias de los corrales y se perdieron entre los cardocucos de la dehesa, los animales de carga estaban tan asustados en las cuadras que muchos rompieron los ramales y se escaparon relinchando por las eras en busca de un poco de sosiego. Las lechuzas volaron entre los olivos, las tórtolas se fueron de sus nidos para no volver jamás y los vencejos se rompieron dando vueltas en el aire sobre el ayuntamiento y el cuartel viejo donde tenían los nidos. Al amanecer todo el pueblo estaba de bote en bote y muy pocos sabían porqué seguían las monótonas campanas repicando hora tras hora, sin que aquello tuviese visos de acabarse nunca. La iglesia estaba cerrada a cal y canto y al cura no hubo forma de encontrarlo hasta bien entrada la mañana tirado a la vera del Pilar viejo con un pestazo a mollate que tumbaba de espaldas.
Continuará...
Continuará...