Os voy a contar algo que sucedió hace algún tiempo.
Permitidme que lo haga en pequeñas dosis.
Ahí va la primera:
Prólogo para un guirigay de mastuerzos en siete trancos de cloqueo y coda de rebuznos.
Habiendo recibido en los primeros días de estío una curiosa misiva la cual no me digné contestar por considerarla pretenciosa y asaz imprudente, me dispuse a sestear placidamente a la sombra de una higuera doñegal que en mi patio crece, mientras rondaba mi mente en las aseveraciones que el atrevido corresponsal en ella vertía. De todos es conocido mi escaso aguante a la crítica, tanto menor aún si es hecha por un desconocido don nadie que ni tío firmar lo que escribía, pero dado que alguna cordura y razón quizás tenía, una vez digerido su avieso contenido con buenas dosis de paciencia y harto dolor de corazón, decidí ocuparme siguiendo los imprudentes consejos de mi anónimo lector en las labores propias de mi sexo y condición, que no son otras que las derivadas de mi natural disposición a relatar historias curiosas.
Permitidme que lo haga en pequeñas dosis.
Ahí va la primera:
Prólogo para un guirigay de mastuerzos en siete trancos de cloqueo y coda de rebuznos.
Habiendo recibido en los primeros días de estío una curiosa misiva la cual no me digné contestar por considerarla pretenciosa y asaz imprudente, me dispuse a sestear placidamente a la sombra de una higuera doñegal que en mi patio crece, mientras rondaba mi mente en las aseveraciones que el atrevido corresponsal en ella vertía. De todos es conocido mi escaso aguante a la crítica, tanto menor aún si es hecha por un desconocido don nadie que ni tío firmar lo que escribía, pero dado que alguna cordura y razón quizás tenía, una vez digerido su avieso contenido con buenas dosis de paciencia y harto dolor de corazón, decidí ocuparme siguiendo los imprudentes consejos de mi anónimo lector en las labores propias de mi sexo y condición, que no son otras que las derivadas de mi natural disposición a relatar historias curiosas.