Continuación del texto anterior.
Cerca de ese hombre se encuentra si fiel y abnegado amigo y compañero de fatigas sufriendo también el rigor del tremendo calor de esa mañana, ya con el sol alto, portando una albarda bien cinchada que cubre su lomo, y con gesto de resignación aguantando los empujones que el segador le proporciona al colocarle las amugas sobre la albarda y apretando fuertemente las cuerdas que la fijan sobre la cincha para impedir lasiones en la panza, y para evitar desplazamiento no deseados de la carga que va a soportar. A cada tirón de las cuerdas sujetadoras el animal como en un acto reflejo aprieta el vientre para evitar quedarse encorsetado y por respirar con cierta comodidad.
Seguidamente como en una operación perfectamente programada el segador tira de las cuerdas desde las amugas y partiendo de un lado coge confirmeza un haz y lo coloca sobre la albarda amarrándolo con destreza, despues otro en el otro lado y otro y otro, también por encima y así sucesivamente hasta conseguir una carga pesada y voluminosa al tiempo que homogénea de manera que solo se le puede ver al animal la cabeza por delante y las orejas, tras de las cuáles se fija la jáquima con las anteojeras hacia adelante, para immpedir la visión lateral y evitar que el animal se mueva y dificulte la operación de carga, ya de por sí farragosa.
Una vez concluida ésta, el segador se saca el sombrero y mira hacia la profundidad del cielo, y con un pañuelo se seca el sudor de la frente la nuca y el cuello, se quitas las raspas de las espigas que le han caido sobre la cara
Y dentro la camisa pinchando y erosionando la piel. Se acomoda la ropa y bebe agua fresca del botijo que tiene a la sombra de un haz próximo, e instantes después inicia la marcha hacia la era que está situada a la salida del pueblo cerca de las últimas casas, y próxima al pequeño río que bordea la vega.
En ese mismo moento el animal que conoce perfectamente el camino, se pone en marcha con cierto ímpetu, de forma que casi atropella a su amo, revolviéndose éste con un aspaviento con el brazo dirección al hocico, y pronunciando una frase en tono altisonante ¡¡¡ sooo bueh !!!, que el porteador entendió perfectamente, obedeciendo en el acto, y manteniendo la distancia reglamentaria se encaminan al destino con paso levemente ligero, por el camino seco y polvoriento, oyéndose el tac, tac, tac de los cascos del animal en el silencio
Del ambiente.
El calor despedido por el suelo hace que se refracte la luz de forma oscilante hacia arriba y se formen imágenes vistas al fondo a modo de espejismos. En ese momento de reflexión del segador solo un anhelo, llegar cuanto antes a la era y dejar la voluminosa pesada y laboriosa carga para poder respirar son mayor sosiego y liberase temporalmente del calor que a esas horas ya es prácticamente insopportable.
Continuará.
Cerca de ese hombre se encuentra si fiel y abnegado amigo y compañero de fatigas sufriendo también el rigor del tremendo calor de esa mañana, ya con el sol alto, portando una albarda bien cinchada que cubre su lomo, y con gesto de resignación aguantando los empujones que el segador le proporciona al colocarle las amugas sobre la albarda y apretando fuertemente las cuerdas que la fijan sobre la cincha para impedir lasiones en la panza, y para evitar desplazamiento no deseados de la carga que va a soportar. A cada tirón de las cuerdas sujetadoras el animal como en un acto reflejo aprieta el vientre para evitar quedarse encorsetado y por respirar con cierta comodidad.
Seguidamente como en una operación perfectamente programada el segador tira de las cuerdas desde las amugas y partiendo de un lado coge confirmeza un haz y lo coloca sobre la albarda amarrándolo con destreza, despues otro en el otro lado y otro y otro, también por encima y así sucesivamente hasta conseguir una carga pesada y voluminosa al tiempo que homogénea de manera que solo se le puede ver al animal la cabeza por delante y las orejas, tras de las cuáles se fija la jáquima con las anteojeras hacia adelante, para immpedir la visión lateral y evitar que el animal se mueva y dificulte la operación de carga, ya de por sí farragosa.
Una vez concluida ésta, el segador se saca el sombrero y mira hacia la profundidad del cielo, y con un pañuelo se seca el sudor de la frente la nuca y el cuello, se quitas las raspas de las espigas que le han caido sobre la cara
Y dentro la camisa pinchando y erosionando la piel. Se acomoda la ropa y bebe agua fresca del botijo que tiene a la sombra de un haz próximo, e instantes después inicia la marcha hacia la era que está situada a la salida del pueblo cerca de las últimas casas, y próxima al pequeño río que bordea la vega.
En ese mismo moento el animal que conoce perfectamente el camino, se pone en marcha con cierto ímpetu, de forma que casi atropella a su amo, revolviéndose éste con un aspaviento con el brazo dirección al hocico, y pronunciando una frase en tono altisonante ¡¡¡ sooo bueh !!!, que el porteador entendió perfectamente, obedeciendo en el acto, y manteniendo la distancia reglamentaria se encaminan al destino con paso levemente ligero, por el camino seco y polvoriento, oyéndose el tac, tac, tac de los cascos del animal en el silencio
Del ambiente.
El calor despedido por el suelo hace que se refracte la luz de forma oscilante hacia arriba y se formen imágenes vistas al fondo a modo de espejismos. En ese momento de reflexión del segador solo un anhelo, llegar cuanto antes a la era y dejar la voluminosa pesada y laboriosa carga para poder respirar son mayor sosiego y liberase temporalmente del calor que a esas horas ya es prácticamente insopportable.
Continuará.