El
camino que me llevó hacia a la verdad es una vereda de
piedra que se adentra entre los
olivos ajados una mañana de febrero. Jugaba yo con mis
amigos en
las eras del
pueblo cuando la pelota de goma se perdió entre los peñones que hay a la vera del
cementerio. Corrí a buscarla y la encontré entre las manos fuertes de aquel muchacho de ojos negros y mirada enigmática, que estaba podando los olivos. El hacha apoyada sobre el tronco resplandecía como un rayo de luz robada al sol, y sus labios entreabiertos
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