EL CAMINO A SU DESEMBOCADURA:
Entre piedras grises duerme, tallado por la corriente, el cauce del Guadalquivir en Cazorla guarda el paso del agua mansa y valiente.
Es la huella de la tierra, su zanja limpia y oscura, donde la sed del verano encuentra su sepultura.
Baja el río cantando por el lecho que lo guía, abrazado a las orillas con música y cercanía.
Y aunque el agua se desliza sin detenerse jamás, el cauce se queda firme, esperando mucho más, la llegada a su desembocadura final.
Entre piedras grises duerme, tallado por la corriente, el cauce del Guadalquivir en Cazorla guarda el paso del agua mansa y valiente.
Es la huella de la tierra, su zanja limpia y oscura, donde la sed del verano encuentra su sepultura.
Baja el río cantando por el lecho que lo guía, abrazado a las orillas con música y cercanía.
Y aunque el agua se desliza sin detenerse jamás, el cauce se queda firme, esperando mucho más, la llegada a su desembocadura final.