BELMEZ DE LA MORALEDA: La lluvia, el deseo inconsciente de escuchar la lluvia....

La lluvia, el deseo inconsciente de escuchar la lluvia. Un guiño del cielo, para que la relajante música de las gotas golpeando con fuerza las tejas de casa, nos deje presos entre esas mantas que tan cálidamente abrazan nuestros sueños. Pero es el despertador el que nos recuerda que hoy es otro día perfecto para dejarnos atrapar por la magia verde que se respira en esta tierra.
Así que toca espabilar y enfrentarnos con ese molesto frío que acude a recibirnos cuando abandonamos la cama. Nos disponemos a reponer fuerzas y engalanarnos con toscos uniformes de ropa recia y con alargadas armas de madera o fibra. Hoy también toca enfrentarme con esos árboles que como los toros bravos permanecen en el campo esperando algún día ser pasados por capa y espada. árboles que durante todo el año contemplamos como esperando que de alguna forma nos expliquen que es aquello que les hace sacar lo mejor de nuestra tierra y convertirlo en esos pequeños recipientes de vida que son sus frutos.
Las condiciones de labor en el tajo son muy severas. La dificultad del terreno, el frío y la humedad están presentes y no se puede hacer otra cosa que aceptar su compañía. Serán varias horas usando las varas con mimosa contundencia para hacer caer la aceituna sobre esos fardos que, como redes de pescadores, se extienden para capturar la esencia de este mar de olivos. Hincaremos sin miramientos las rodillas en la tierra para barrer con el brazo hacia un improvisado embudo de fardo y llenar, hasta casi rebosar, los sacos que hay repartidos por el suelo y atarlos con un ramalillo para que a su contenido no se le ocurra escapar.
Es curioso observar como se desarrollan los sentidos en estas condiciones. Solo respirar el aroma con que la aceituna perfuma el aire fresco, nos sumerge en el placer de lo divino. Se disfruta sobre la marcha de las charlas con los compañeros de la cuadrilla y de algún percance producido por una vara mal dirigida o por alguna aceituna que, a modo de proyectil, golpea donde nadie apunta. Cuando la fortuna nos señala, nos premia con el encargo de juntar leña seca, encender una buena lumbre, y ser los primeros en calentarnos las manos. Llega la hora de comer. Que suerte que la temporada de la aceituna coincida con la de la matanza. Dudo que el más sibarita de los gourmets disfrute de la alta cocina tanto como se disfruta al aire libre de unas chuletas y un cacho de tocino en beta asado sobre las ascuas y acompañado con el vino elaborado por manos expertas de la zona.
El sol, las ganas conscientes de ver esconderse al sol detrás de las montañas. El sol, que perdiendo brillo y rendido se aleja de nuestra mirada, nos recuerda que ese cansancio es recíproco. Que ha sido otra jornada agotadora. Que por mucho se quiera, éste es un trabajo muy duro que agota nuestros cuerpos y riñe con festividades. Pero todo esto tiene un porqué.
Cuando vemos un chorro de aceite brotando de una aceitera vemos como toda esta tierra y todo este trabajo se han convertido en uno de los productos mas maravillosos que se puede ofrecer al mundo.

(Dedicado a todos los jornaleros de la aceituna.)

-Lavot Ziric-.