Visto así, parece hasta bonito, Churri... No, Petrarca. También hay mucha soledad y horas amargas. Cuesta dar el paso que te aleje de la vida programada y previsible, que es lo más cómodo. Y entrar en un mundo desconocido, oliendo siempre a humedad y salitre, con el vomito a flor de piel en cuánto se encrespaba el mar, hasta acostumbrarse. Y lo que os decía, ha cambiado totalmente el paisaje. De los bosquecillos de álamos, quejigos y encinas, hemos pasado a tajos y rocas peladas dolomíticas y algo ... (ver texto completo)
Esta historia la contó el tío abuelo. En en los últimos días de Septiembre, antes de que llegaran los fríos, gustaba de subir al Morrión para ver los aún largos atardeceres otoñales, con sus vistas incomparables. Uno de esos días, andaba subiendo por entre los roquedales dolomíticos hacia la cueva. Abajo, por Cañatienda, sonaban las esquilas del ganado delo Cuco viejo y en el horizonte rojizo del atardecer, se silueteaban los encinares y los quejigos. Cuándo llegó al Morrión, se sentó en una piedra ... (ver texto completo)