Las enfermeras retiran al niño y es allí donde el hombre les pide con su sonrisa estúpida de siempre que le den el permiso para cambiarse de lado, las enfermeras le dan el consentimiento y entonces entra el nuevo compañero de habitación un hombre de unos 65 años más viejo y más sombrío, quien al quedarse solos le dijo a mí no me hables de nada, ni te lamentes por tu enfermedad ni cosas por el estilo no soy paño de lágrimas de nadie, el hombre ni lo miró, sólo tenía cabeza para el parque y los jóvenes enamorados, las cosas que harían en las noches, quien necesitaba un paño de lágrimas, se río de su compañero él sólo veria personas cada dos o tres horas o a veces a nadie durante el día, pero él las vería a cada rato, llegó el momento que una técnica de enfermería abrió las cortinas el hombre estaba frenético, sus ojos fueron a la ventana y su visión se desparramó hacia afuera chocando con una larga, vieja y... descolorida pared.