CARMEN RUBIO LÓPEZ
Ventanales de octubre
A Leopoldo de Luis
Porque todo se muere
y es el otoño rosa sin bullicio,
porque quizás seamos un esbozo
de la aún por llegar
y cada cosa se nos muestra
con ese inevitable reverso de su nada,
sentimos el descenso
infinito, el vacío del espacio interior,
la herida irreparable que nos deja la noche.
Porque ya no mantiene
el aire la gran brasa de la ausencia
y todo nos parece, en un instante,
como una despedida
o pérdida que nunca podremos reclamar,
nos vamos deshojando
en el ritual que octubre nos impone,
hasta quedar desnudos
lo mismo que un invierno.
Ventanales de octubre
A Leopoldo de Luis
Porque todo se muere
y es el otoño rosa sin bullicio,
porque quizás seamos un esbozo
de la aún por llegar
y cada cosa se nos muestra
con ese inevitable reverso de su nada,
sentimos el descenso
infinito, el vacío del espacio interior,
la herida irreparable que nos deja la noche.
Porque ya no mantiene
el aire la gran brasa de la ausencia
y todo nos parece, en un instante,
como una despedida
o pérdida que nunca podremos reclamar,
nos vamos deshojando
en el ritual que octubre nos impone,
hasta quedar desnudos
lo mismo que un invierno.
El silencio
A Carlos Murciano
Sé que está vivo
porque escarba en mis cuerdas vocales,
como el murmullo claro que arañaba la hiedra,
el muro verdi-negro
o la séptima esquina
donde se deshojaban las muchachas.
Adquiere a veces forma
de cortinas corridas
y cede el paso incluso al fondo del jardín
o coagula la luz
y se complace
en hablar de futuro a mi memoria.
Acecha, mas no puede
detener mis latidos,
resistir la incursión de la ceniza,
el insolente gris de las baldosas.
Lleva casi cien noches
de insomnio en esta casa.
Ha venido a buscarme.
Está prendiendo
por sorpresa mi cuarto
y me anota también en su inexacta suma.
Tic-tac, tic-tac,
se encrespa la marea,
engaña a los espacios, mastica en el vacío,
y con gesto de selva o tragaluz,
estalla y se diluye
como un celo de gatos por las azoteas.
A Carlos Murciano
Sé que está vivo
porque escarba en mis cuerdas vocales,
como el murmullo claro que arañaba la hiedra,
el muro verdi-negro
o la séptima esquina
donde se deshojaban las muchachas.
Adquiere a veces forma
de cortinas corridas
y cede el paso incluso al fondo del jardín
o coagula la luz
y se complace
en hablar de futuro a mi memoria.
Acecha, mas no puede
detener mis latidos,
resistir la incursión de la ceniza,
el insolente gris de las baldosas.
Lleva casi cien noches
de insomnio en esta casa.
Ha venido a buscarme.
Está prendiendo
por sorpresa mi cuarto
y me anota también en su inexacta suma.
Tic-tac, tic-tac,
se encrespa la marea,
engaña a los espacios, mastica en el vacío,
y con gesto de selva o tragaluz,
estalla y se diluye
como un celo de gatos por las azoteas.