En un pequeño lugar de la provincia de Córdoba vivía un pobre labrador, joven y guapo, cuya mujer era la más linda muchacha que había en cuarenta o cincuenta leguas a la redonda. Fresca y robusta, estaba rebosando salud. Y tenía tan apretadas carnes que, según afirmaba su marido, era difícil, cuando no imposible, pellizcarla. Su pelo era rubio como el oro, y sus mejillas parecían amasadas con leche y rosas.
Marido y mujer se idolatraban.
Hacía poco tiempo que estaban casados; siempre se estaban ... (ver texto completo)
Marido y mujer se idolatraban.
Hacía poco tiempo que estaban casados; siempre se estaban ... (ver texto completo)