Todos los valles y barrancos apuntan hacia las cumbres, cubiertas de nieve desde diciembre hasta junio. Salvo las paredes rotas y casi verticales de la vertiente norte, Sierra Nevada no ofrece rutas de gran dificultad. Las ascensiones son progresivas por terrenos abiertos y suaves. Sin embargo, la montaña nunca deja de ser peligrosa. Las extensas laderas planas de la vertiente sur, tan amables con un cielo azul, pueden ser una verdadera trampa en situaciones de baja visibilidad y mal tiempo, ya que la ausencia de una orografía característica hace que sea muy fácil no encontrar el camino de vuelta al refugio. El viento, sin obstáculos, sopla muy fuerte ahí arriba, donde no hay lugar para refugiarse. Por todo ello, las ascensiones han de ser emprendidas con buen tiempo y garantías de estabilidad atmosférica. La altura importante de esta sierra no deja de ser un factor a sumar a la hora de estimar la dificultad de cualquier tentativa a cumbre. En invierno la montaña es más montaña, las aproximaciones son más largas y el avance más complicado. Lo que en verano no era más que un trekking de altura, en invierno puede convertirse en una verdadera expedición, con su material extra (raquetas de nieve, esquis, crampones, piolet, ropa de abrigo, etc…), y la necesidad de conocer bien las técnicas de progresión por terrenos alpinos.