Muy natural y bueno sería conservar cuidadosamente la cueva de Píñar, casi olvidada de nosotros, pero visitada con cuidado por los extranjeros. Dentro de aquellos subterráneos, el alma se extasía al contemplar las maravillas de la naturaleza y se eleva hasta el Criador. El silencio profundo que allí reina, interrumpido solamente por el eco que repite las frases cortadas del espectador; la luz amortiguada de los hachones que llevan los conductores; la grandiosidad de las obras del supremo Artífice; un ay de justa admiración lanzado involuntariamente; el aspecto de tantos precipicios que la ignorancia no se atreve a sondear: todo, todo contribuye a llenar de respeto y veneración aquellos recintos pavorosos. El poeta, el literato, el naturalista, el pintor, todos encuentran allí objetos que estudiar, grupos que contemplar y labores que imitar. ¡Ojalá que la ignorancia y el fanatismo con su grosera mano, no destruyan las obras misteriosamente elaboradas en el transcurso de tantos siglos!".