Transitando por sus barrios más antiguos el viajero quedará deslumbrado al contemplar el Albaicín, donde vivían los artesanos y la nobleza, o el Realejo, asentamiento de la población judía, el Sacromonte, el Zaidín-Vergeles, la Chana, el Almanjávar y la Cartuja. Para vivir Granada hay que saborear sus tapas y finos caldos, aspirar el perfume de sus naranjos y jazmines, pasear delicadamente las yemas de los dedos por sus muros cargados de leyenda, escuchar lo que nos cuenta el viento que se cuela entre sus callejas, y mezclarse con sus habitantes, callados y reservados aunque alegres y plenos de humor cuando adquieren confianza.