uando un cíngaro se conmueve observando el cielo e intuye la fugacidad de esa luz que desea; se siente contenido y protegido porque se aleja de la oscuridad, de los espíritus negativos y de las tinieblas. Desde este poderoso convencimiento es que se obsequian anillos o collares con estrellas y en algunos casos se graban las iniciales de los nombres dentro de las mismas, de quien lo lucirá. Certidumbre que trasladan al momento de la elección de los pañuelos que lucirán en las cabezas, los trapos con los que confeccionaran sus faldas y la seducción de brillos, colores y formas con que deslumbran habitualmente nuestra mirada.