Italia estaba postrada ante Atila, como cuarenta años antes lo había estado ante Alarico. Los hunos podían haber tomado Roma como los visigodos, pero a último momento se retiraron. Algunos dicen que la causa fue el temor supersticioso de Atila ante la aureola de Roma y del papa León I, quien fue a su encuentro con todos los ornamentos papales para pedirle que no destruyese a Roma. Otros, menos románticos, dicen que se retiró gracias a un considerable presente en oro que el papa León I llevó consigo.