Pero la historia no se detendría. Roma se estaba desmembrando, y penetraban en ella nuevos grupos de invasores toscos y bárbaros más rápidamente que lo que podía ser romanizado un grupo de ellos. Estas nuevas oleadas podían haberse aplacado por sí solas, pero en realidad eran impelidas, pues los hunos estaban nuevamente en marcha.