Aún había esperanzas, pues, de que Roma pudiese resistir el choque de las invasiones, de que los invasores pudiesen ser asimilados y convertidos en romanos, y de que los emperadores pudiesen gobernar como antes. La gran barrera era la religión. Los germanos eran arrianos, y para la población romana, que era católica en su abrumadora mayoría, esto era peor que el hecho de que fuesen germanos.