El agua se convierte en la culpable de los contagíos entre los cuerpos, porque a través de los poros de la piel se puede acceder a todos los órganos. La inquietud que despierta el empleo del agua en esa época provoca la modificación de las costumbres higiénicas, centradas ahora en la limpieza en seco. El empleo del líquido elemento se restringe a manos y boca.