San Luis lo propuso oficialmente en el Concilio de Lyon (1274) y el papa Nicolás IV reiteró la propuesta en 1293. Pero ambas órdenes desoyeron las recomendaciones papales. El clima ya estaba caldeado cuando la codicia de Felipe el II Hermoso acabó por condenar a los templarios. El monarca quería apropiarse de la riqueza de la Orden para financiar una nueva Cruzada, pero no podía enfrentarse con una institución protegida por la Iglesia. No obstante convenció al Papa Clemente y, conocido por su debilidad de carácter, de que condenara a la Orden.