Hugo de Payens (o Payns) había tomado una iniciativa, pero sabía que si el Papa no daba el visto bueno, podían acabar formando parte de una secta minoritaria. También tenía claro que aquel movimiento no podía quedar en los nueve voluntarios, y por tanto aspiraba a convertirlo en una orden de caballería. Para ello era imprescindible que fuera a Roma y solicitara la aprobación del Papa. Así lo hizo dentro del marco del Concilio de Troyes (1128). Se acordé que los templarios adoptarían la norma de la orden benedictina, además de tres votos perpetuos y de unas reglas de vida especialmente austeras.