La plaga de Justiniano y la Gran Plaga comenzaron en la costa y se propagaron tierra adentro. La gente que atendía a los enfermos no corría más riesgo de contagio que aquella que no lo hacía. En Constantinopla al principio las muertes no fueron muchas, pero al poco tiempo los decesos aumentaron de tal manera que a los cuerpos no se les podía dar adecuada sepultura.