Las mujeres de Afganistán sufren mucho más que una burka. Tienen hambre, carecen de escuelas para sus hijos, de médicos y hasta de agua. Sus hombres mueren como moscas en una guerra que aún no terminó, por mucho que Washington diga lo contrario, y que desangra una tierra seca que antes fue próspera y que ahora, entre lo poco que tiene, figuran enormes campos de cultivo de droga. Sé que muchas de esas mujeres se pondrían no una sino mil burkas si pudieran dar respuesta al ruido de la panza de sus hijos, iluminar el analfabetismo en el que crecen y arrasar con las infecciones que se los llevan. Lo peor de todo es que Occidente sólo mira la burka. Y desde que abandoné esa tierra no dejo de preguntarme quién es el que la tiene puesta.