Fue hace ya más de dos años, cuando cubrí la guerra de Afganistán, pero no lo olvido la larga túnica celeste que caía con ruedo desparejo y Oue, en su paso, arrastraba el barro de la calle siempre parece haber barro y polvo en esas callejas- y la rejilla a la altura de los ojos por la que no supe si descubrió la impertinencia de mi curiosidad ante aquella visión reveladora de un abismo entre culturas. instuí que era una mujer joven, pero no puedo decid o con certeza. Luego vi otras muchas, muchísimas. Huidizas, casi siempre temerosas ante el intento inicial por establecer contacto. En lo personal, comprendí que la burka es muchas cosas, pero también una metáfora del abismo cultura entre el llamado mundo árabe y Occidente y del que sólo se conoce la epidermis. La incapacidad de ir más allá de la suerte corrida por ese espantoso vestido es nuestra propia burka, tan asfixiante como la que aún usan las mujeres afganas y tan limitante, sólo que -en nuestra certeza de superiores- menos evidente que ese género tosco y opresor.