Algunas mujeres de la ciudad empezaron a asistir a la escuela, a sus trabajos, o a ir de compras sin la compañía de un hombre, pero son minoría. Han sido testigos y víctimas de los cambios más drásticos durante las décadas pasadas. En la década del 60 tenían trabajo, educación, representación en el gobierno, opciones; durante el mandato sin ley del gobierno talibán, sus derechos fueron más y más restringidos. Nazyfa Satar, una ginecólogo especializada en Paquistán, regresó a Kabul en abril. Había huido en 1991, después de que los mullahdin allanaron su casa, golpearon a su padre y su hermano casi hasta matarlos, robaron todas sus pertenencias e intentaron encontrar a Nazyfa y a su madre, presumiblemente para violarlas y secuestrarlas. Afortunadamente, las dos mujeres se habían ocultado en la casa de un vecino y no fueron halladas. Pero la doctora Satar regresó porque desea ayudar a su gente, y divide su tiempo entre el hospital Maywand, en las afueras de Kabul, y una clínica que dirige en la aldea de Tangi Saidan, a una hora de la capital. En esta última, inaugurada en julio de 2002 con fondos de la Fundación Internacional para la Esperanza, Satar atiende hasta 150 pacientes por día. "Me levanto a las 5 de la mañana y trabajo hasta medianoche", dice. En las reuniones con los ancianos de la aldea y los miembros de la fundación, la doctora Satar se encuentra flanqueada por grandes hombres de barba, y puede hablar en presencia de ellos, pero sólo cuando le formulan una pregunta directa.