La ley patriarcal
"Me temo que estaremos aquí mucho tiempo", dice Rahima, de 35 años, mientras se acomoda el velo y alza a sus dos mellizas. Aquí es la cárcel de Kabul para mujeres donde Rahima pasa sus días con otras 28 afganas y sus respectivos hijos, que son encarcelados con ellas. Rahima dice que fue a prisión por negarse a casarse con su cuñado después de la muerte de su esposo, rechazando así la costumbre tradicional afgana. Huyó de la casa de su familia política y su cuñado la hizo arrestar. "Muchas se fugan de sus casas con un hombre y, para un gobierno islámico, ése es un gran delito", dice Khatol, la guardiana, que ha trabajado diez años en la cárcel. "Me entristece verlas aquí, pero cometieron errores. Deberían haber tenido matrimonios verdaderos, no por amor." Aun en la relativamente cosmopolita Kabul las mujeres todavía cumplen, por costumbre, algunas de las reglas más represivas de los talibanes: muchas siguen usando el burka, un velo que las cubre de la cabeza a los pies, y casi todas necesitan el permiso de su esposo para consultar a un médico. Fuera de Kabul, sufren aún más.
"Me temo que estaremos aquí mucho tiempo", dice Rahima, de 35 años, mientras se acomoda el velo y alza a sus dos mellizas. Aquí es la cárcel de Kabul para mujeres donde Rahima pasa sus días con otras 28 afganas y sus respectivos hijos, que son encarcelados con ellas. Rahima dice que fue a prisión por negarse a casarse con su cuñado después de la muerte de su esposo, rechazando así la costumbre tradicional afgana. Huyó de la casa de su familia política y su cuñado la hizo arrestar. "Muchas se fugan de sus casas con un hombre y, para un gobierno islámico, ése es un gran delito", dice Khatol, la guardiana, que ha trabajado diez años en la cárcel. "Me entristece verlas aquí, pero cometieron errores. Deberían haber tenido matrimonios verdaderos, no por amor." Aun en la relativamente cosmopolita Kabul las mujeres todavía cumplen, por costumbre, algunas de las reglas más represivas de los talibanes: muchas siguen usando el burka, un velo que las cubre de la cabeza a los pies, y casi todas necesitan el permiso de su esposo para consultar a un médico. Fuera de Kabul, sufren aún más.