Maida Cupina también testificó en Holanda. Fue contra Milosevic. Tampoco tiene trabajo y vive en un piso que le ha prestado el tribunal. A sus 50 años es alta y va muy arreglada. Pelo bien teñido, colorete y labios perfilados. Su imagen esconde a una mujer hundida. “Tengo que ser valiente y seguir, por mis hijos”, dice. “Me violaron delante de mi marido y de mis dos hijos. Me encerraron en casa de mi padre donde estaba disponible para los soldados durante las 24 horas. ‘Musulmana inútil’, me gritaban los serbios. Hacían orgías durante días enteros”, relata mientras empalma un cigarrillo con otro en el apartamento, prestado, donde vive con su hija, enferma de anorexia, y sin acceso a un tratamiento médico. Cupina, de 1,72 metros, llegó a quedarse en 42 kilos. Fue entonces cuando los nacionalistas fanatizados estimaron que ya no servía para sus propósitos y la intercambiaron por prisioneras serbias. Ahora dice vivir condenada a la cadena perpetua de esas imágenes, del olor a alcohol y sudor de esos hombres, tatuados en su cerebro.