Sin ayudas estatales, estas mujeres malviven en los arrabales de las ciudades bosnias. Pese a los enormes problemas psicológicos que arrastran, carecen de seguridad social y sus ingresos se reducen a la pensión de viudez, cuando toca. Dayton y el gobierno bosnio insisten en que deberían volver a las tierras de las que fueron expulsadas, pero a ellas les aterroriza la idea del regreso, porque temen verse las caras con sus violadores, la gran mayoría aún libres. Y las autoridades bosnias se escudan en la falta de acuerdo entre las dos entidades que forman el país —la República Serbia de Bosnia y la Federación croato-musulmana-para no dar caza a los criminales. Muchas han permanecido todos estos años calladas y sólo ahora empiezan a hablar, muy poco a poco. Saben que sus testimonios podrían encarcelar a sus agresores, aunque a duras penas conservan la fe en la Justicia. Los expertos insisten en que vomitar el dolor es el primer paso hacia la curación, pero la mayoría no son capaces de verbalizar tantas atrocidades. Ni siquiera sus maridos —los que aún viven— lo saben y muchos de sus hijos tampoco, porque temen que las abandonen.