Hace más o menos un siglo, el viajero que cruzaba ciertas regiones pantanosas de Europa quedaba asombrado ante el espectáculo desolador que ofrecían. Los hombres y los animales domésticos eran escasos; sólo se advertía algún búfalo hundido en el agua hasta las rodillas, unos pocos caballos que erraban a lo largo de las riberas, chozas miserables habitadas por hombres toscos, y en todas partes la misma atmósfera pesada y la misma humedad malsana emanando de las aguas estancadas y fangosas.