Durante las horas estivales, cuando el sol abrasa los campos resecos y todos los seres vivientes se guarecen bajo el techo o el follaje, la cigarra empieza a cantar. Su monótono e insistente estridor se propaga por los campos en un coro de innumerables voces, como si quisiera advertir al campesino del momento de la siega. Este canto se prolonga durante todo el verano, interrumpiéndose en las tormentas, o cuando sobreviene frío. A principio del otoño y con la llegada de las lluvias, el canto de la cigarra se apagará, y con él terminará el verano.