En la Edad Media, las ejecuciones de presos eran la fuente de un particular mercado negro; se comerciaba con las sogas de la horca, que se suponía que poseían abundantes virtudes curativas. También con el sebo de los ahorcados, para fabricar velas que, según se creía, podían alumbrar tesoros ocultos; y con la mandrágora, planta considerada la panacea contra todas las enfermedades, que crecía, según creencia popular, al pie de los patíbulos, regado con el semen de los ahorcados.