Para aliviar estas inquietudes, los monarcas Fernando e Isabel pusieron en marcha la Inquisición española, campaña para detectar, exponer y castigar la herejía.
La Inquisición ganó bien su reputación de minuciosidad, imparcialidad (nobles, religiosos y gente del común eran todos vulnerables) y abominable crueldad. Operaba en secreto, empleando informadores anónimos y efectuando arrestos nocturnos, y recurría al confinamiento solitario y a la tortura para arrancar las confesiones.
La Inquisición ganó bien su reputación de minuciosidad, imparcialidad (nobles, religiosos y gente del común eran todos vulnerables) y abominable crueldad. Operaba en secreto, empleando informadores anónimos y efectuando arrestos nocturnos, y recurría al confinamiento solitario y a la tortura para arrancar las confesiones.