En 1891, Alfredo Nóbel estaba en París. Una mañana, mientras hojeaba un periódico, leyó con asombro la noticia de su muerte. Se trataba de una horrible broma, pero más afectado se sintió aún por los comentarios que acompañaban la noticia, los cuales llegaban hasta el ensañamiento. Algunos lo calificaban de "ser maléfico"; otros, de "autodidacta que lleva a los hombres a su destrucción". Todos sus detractores afirmaron que se respiraba una atmósfera de alivio, pues por fin desaparecía un hombre que había dedicado toda su vida a descubrir los medios que permitirían a la humanidad provocar más cruelmente su propia perdición.