Alfredo Nóbel nació al comienzo de tal prosperidad, el 21 de octubre de 1833. Su padre, ingeniero muy apreciado por su viva inteligencia, se había consagrado durante largos años al estudio de los explosivos, interesándose por conocer su composición química y sus efectos. Fue el primero que logró construir una mina submarina (torpedo fijo o flotante que estalla al menor choque y se emplea para atacar barcos enemigos y como defensa de los puertos) que despertó el interés de todas las naciones europeas, deseando cada una de ellas adquirir la respectiva patente para poseer los derechos de explotación exclusiva. Cuando Alfredo Nóbel era todavía un niño, el gobierno ruso propuso a su padre que se trasladara a San Petersburgo para instalar allí una fábrica destina da a la producción, en gran escala, de este tipo de aparatos de guerra. El padre aceptó, haciendo que el destino de Alfredo fuese crecer y formar su espíritu entre explosivos. No resulta sorprendente por lo tanto que, años más tarde, se dedicara él también a profundizar y revelar los secretos de esta clase de investigaciones.