Durante los últimos años del siglo XIX, Estocolmo era una gran ciudad silenciosa, donde vivían ricos comerciantes noruegos y suecos, que monopolizaban los intercambios comerciales entre Rusia y los otros países del norte de Europa. Era una ciudad que se iba extendiendo progresivamente; las primeras industrias nacían en el límite de los inmensos bosques suecos y, en los astilleros, se trabajaba con una actividad incesante en la construcción de barcos.