Pronto destaca en reuniones y asambleas, diciendo lo que su público quiere oír: la culpa de la postración alemana es de los extranjeros; los comunistas invadirán el país; los partidos políticos desunen y restan fuerza a la nación... El clima social de la posguerra en Alemania roza la paranoia. No se entiende que su poderoso ejército haya podido perder la guerra. Se ven a sí mismo como incomprendidos, incluso envidiados por su "carácter superior". Las reparaciones de guerra impuestas en Versalles son, además, un lastre para la economía de la nación: el marco se devalúa hasta perder casi todo su valor; colas de hambrientos deambulan por las calles; la miseria puede palparse. En estas condiciones, un pequeño partido como el DAP, ultraderechista, antijudío y radical, encuentra un caldo de cultivo propicio para su expansión. Y con él, un personaje como Hitler, capaz de encender a las masas con un discurso tan fácil como deseado. Pronto comienza a captar la atención de grupos diferentes, desencantados con la República y temerosos del comunismo: ultracatólicos, militares, nostálgicos. Se reúnen en secreto, con el objetivo común de devolver a Alemania su puesto como gran potencia europea. Hitler se mueve como pez en el agua, pues los acontecimientos parecen predisponer la situación a su favor. Las reparaciones de guerra ahogan la economía alemana, cuyo gobierno no puede hacer frente a los pagos.