Esta cifra de tres mil millones de marcos, deducida del conjunto de bienes pertenecientes a los deportados, no es más que una evaluación modesta si la comparamos con el precio real que los expoliados habrían tenido que pagar para volver a comprar, en una economía normal, mercancías semejantes a aquellas de que habían sido despojados por los servicios SS. En esta suma total de tres mil millones de marcos no se ha incluido, sin embargo, los respetables ingresos procedentes del acopio de diversos metales no ferrosos, chatarrería, cables, tejidos y cantidad ingente de otras materias primas confiscadas en los países ocupados. Estaba, por tanto, justificada la importancia que Himmler concedía a la recogida de metales: eran necesarios para la industria de guerra. Por el contrario, la orden de almacenar el cabello cortado a hombres y mujeres en los campos de concentración pareció, a todos los detenidos, el colmo de lo grotesco, pese a la explicación que dieron de que estos cabellos, transformados en fieltro, servirían para la industria sombrerera.