De todo modos, los psiquíatras citados alegaron que el acusado era lúcído y consciente de sus actos. Después de trece audiencias se conoció el veredicto: Hans Grans estaba condenado a una pena de muerte y Friedrich Haarman a veinticuatro penas de muerte. Una vez en prisión y a la espera de la ejecución, se mostró muy nervioso y solicitó el auxilio espiritual de un sacerdote.