Esta solución mágica pronto se puso de manifiesto. Cierto día en que una de sus doncellas la acicalaba le tiró el pelo y la condesa la abofeteó con tanta fuerza que hizo sangrar su rostro la sangre salpicó la mano de Erzsebet y ella, al observarse, creyó que la piel interesada estaba más blanca y tersa que el resto de su cuerpo, confirmando los dichos de su nodriza.