El juicio se abrió el 13 abril de 1931, el imputado alegó locura y su abogado intentó convencer al jurado de que su cliente había estado dominado por una fuerza diabólica que lo obligaba a cometer los repugnantes asesinatos. Guando el juez le pregunta en una oportunidad si tenía conciencia de sus actos, Kürten le responde: «No tengo ninguna. Nunca he sentido un mal presentimiento en mi alma; nunca pensé que lo que hice estuviera mal, a pesar de que la sociedad humana me condene. Mi sangre y la sangre de mis víctimas caerán sobre la cabeza de mis torturadores. Debe haber un Ser supremo que dio en primer lugar la primera chispa vital a mi vida. Ese ser supremo considerará mis buenas acciones porque vengué la injusticia. Los castigos que he sufrido han destruido todos mis sentimientos como ser humano. Es por ello que no tuve piedad para mis víctimas). Y agregó: «No tengo ningún remordimiento. Cuando recuerdo mis actos no me avergüenzo, recordar todos los detalles me hace disfrutar.