A veinte kilómetros de distancia, en la Old Head Kinsale, una punta que se ama al mar, al sur de Cork, una multitud admiraba el paso del gigantesco trasatlántico construido por la Cunard Steam Ship Co. Quienes tenían prismáticos quedaron perplejos al ver cómo empezaba a elevarse del barco una débil columna de humo. Un hombre controló su reloj: eran las 2:11 de la tarde. Dieciocho minutos después, el Lusitania se había hundido bajo las olas arrasando consigo a 1198 personas, 124 de las cuales eran americanas.