Estos aparatos de locomoción, llamados biciclós; que hoy nos resultarían grótescos, exigían que sus conductores poseyeran habilidad de acróbatas sobre todo para encaramarse en el asiento o descender de él. Además la posición del hombre hacía más inestable el equilibrio del biciclo, ya que él conductor, encaramado a tanta altura (hasta 1,50 m.), podía caer de cabeza al menor choque.