Las primeras incursiones vikingas se llevaban a cabo, por lo general, en el verano; sin embargo, a mediados del siglo IX los hombres del norte comenzaron a establecer en Europa asentamientos invernales desde donde podían llevar a cabo expediciones de conquista y asentarse en nuevas tierras. En el año 850, grupos de norsemen se habían establecido en Irlanda, en tanto que los daneses ocuparon en el 878 un área conocida como el Danelaw, en el nordeste de Inglaterra. Dispuestos a aceptar el cristianismo, los daneses a la larga fueron asimilados por un reino anglosajón más amplio. A comienzos del año 911, el gobernador de los territorios francos del oeste cedió a los vikingos una franja de territorio ubicado en la desembocadura del río Sena, el cual formó parte de Francia y, a la larga, llegó a conocerse como Normandía. Esta política de asentamiento y de conversión al cristianismo practicada con los vikingos se llevó a cabo en forma deliberada, en vista de que los nuevos habitantes servían de protectores contra ataques adicionales de los hombres del norte.