El texto responsabiliza al consejero espiritual de asegurarse de que ningún candidato presente desórdenes sexuales incompatibles con el sacerdocio. Si un aspirante es homosexual activo, el director espiritual debe disuadirle para evitar que solicite ser ordenado. El texto de la Iglesia sostiene que si la homosexualidad fue un problema transitorio propio de las dudas de la adolescencia, se exige a los aspirantes haberlo superado desde al menos tres años antes de solicitar su ordenación como diáconos, la etapa previa al sacerdocio.