A medida que pasaba el tiempo y aumentaba el número de prisioneros en los campos, las raciones de comida fueron disminuyendo. Para los hambrientos, cualquier cosa era comestible, ya fueran mondaduras sucias o patatas crudas; en algunos campos, incluso se dieron actos de canibalismo. Los barracones de madera («Blocks»), además de albergar a los prisioneros amontonados, estaban cargados de piojos, pulgas, polvo, moho y excrementos humanos. Los enfermos que no cabían en la enfermería se quedaban en los barracones, agrupados por enfermedades, esperando la llegada de la
muerte. Los castigos corporales formaban parte de la vida cotidiana. Era casi imposible escapar a los castigos porque todo estaba prohibido: aproximarse a menos de dos metros de la alambrada, dormir con la chaqueta o sin calzoncillos, no ir a la ducha los días señalados o ir los días no señalados, salir del barracón con la chaqueta desabrochada, llevar bajo la ropa papel o paja para protegerse del frío,...
muerte. Los castigos corporales formaban parte de la vida cotidiana. Era casi imposible escapar a los castigos porque todo estaba prohibido: aproximarse a menos de dos metros de la alambrada, dormir con la chaqueta o sin calzoncillos, no ir a la ducha los días señalados o ir los días no señalados, salir del barracón con la chaqueta desabrochada, llevar bajo la ropa papel o paja para protegerse del frío,...