Una de las primeras mutaciones que sufrieron los prehomínidos fue la de la mandíbula y su dentición. Al igual que los simios, los prehomínidos tenían una mandíbula prensil, adaptada al alimento del medio arbóreo y con la que podían sujetarse a ramas de árboles. Pero la vida en la sabana hizo que los prehomínidos tuvieran una dieta basada en granos de leguminosas y en carroña, con lo cual necesitaban dientes y mandíbulas diferentes, adaptados a la nueva alimentación. El cambio en la dentición y en la mandíbula, obliga a todo el cráneo a cambiar y a expandirse, con lo cual aumenta la capacidad craneal. A esto se suman los cambios en la columna vertebral sufridos por el cambio al bipedismo y que obligan a la columna a alinearse con la base del cráneo. Todo esto modifica el eje de la laringe y la salida de aire, con lo cual se pueden emitir más sonidos y mas elaborados. Ello permitiría nuevas formas de comunicación entre los primeros homínidos, fomentadas por la caza en equipo que realizan. El lenguaje, ayudará a su vez, a un mayor aumento de la complejidad del cerebro. Cada cambio morfológico genera otros cambios evolutivos. De Herbívoros arbóreos a Carnívoros de la sabana, los homínidos sufrirán cambios constantes, perderán el pelo por las nuevas necesidades climáticas y alimenticias: las largas carreras por la sabana en busca de presas obligarán a desarrollar unas eficaces glándulas sudoríparas que refrigeren el cuerpo y a perder la gruesa mata de pelo protectora. Esto convertirá al homínido en el animal más resistente en carrera, capaz de agotar a cualquier presa y a la vez obligarán a buscar una nueva capa que proteja del frío, obligarán a los homínidos a inventar prendas de vestir que sustituyan al pelo perdido, lo cual genera un aumento de la capacidad cognitiva en busca de soluciones a los problemas evolutivos.